Siendo Empáticos

En nuestra vida social y laboral necesitamos la empatía ya que es la base de la intimidad, es lo que genera las conexiones más cercanas con las demás personas. Profundizamos las relaciones, nos hacemos confiables y permitimos que al expresar este valor nos sintamos bien, al mismo tiempo haciendo sentir a gusto a otros.

Cuando no trabajamos la empatía o nuestro nivel en este valor es muy bajo, las relaciones pueden volverse superficiales, poco trascendentes y tienden a ser un mero intercambio de intereses entre dos personas.


Es la Empatía la que nos aporta conocimiento de las emociones y hace que se provoquen estados sociales beneficiosos. Es además una señal de alerta para saber cuándo nos extralimitamos y, con o sin querer, causamos dolor a otras personas. Sin este indicador de comportamiento actuamos sin detenernos a pensar en los demás tomando en cuenta solo nuestros propósitos.


No es necesario generar una conexión emocional profunda o cercana con los demás para experimentar la empatía, perfectamente podemos lograr empatizar al entender las experiencias o situaciones que los demás pueden estar viviendo sin saber el tipo de emoción o pensamiento que interiormente está viviendo la otra persona. La empatía por si sola no es la generadora de conexiones sociales, sino que es la que permite que se estrechen los lazos en las relaciones sociales.

Al practicar la empatía, nos identificamos con alguien y sus sentimientos, intentando vivir esos mismos sentimientos nosotros; la empatía es el sentir con ese alguien.


Ser simpáticos es entretenido, cae bien, es ser agradables y genera buenos momentos, sin embargo, ser empáticos va más allá que ser agradable, es estar atentos a libremente compartir con los demás sus emociones y cuando esto se logra desarrollar a altos niveles podemos generar mayores y mejores estados emocionales en nosotros mismo y los demás.


La empatía no significa actuar per se, es decir, somos intuitivamente empáticos, sin embargo, la empatía realmente funciona cuando nos damos permiso de manera consciente para entender y hacer algo con la emoción y/o situación de los demás.


Desde que Giacomo Rizzolatti, neurobiólogo italiano hace más de 25 años demostró la existencia de las neuronas espejo, promotoras de la empatía, las investigaciones confirman que el mimetismo es una parte importante de la interacción humana, y ocurre en un nivel inconsciente; es decir, imitamos las expresiones faciales de las personas con quienes interactuamos, junto con sus vocalizaciones, posturas y movimientos. Es por eso que ocurre el llamado “Rapport”, la imitación al comunicarnos con alguien. Si conversamos con otra persona y esta arruga la frente, mueve las cejas, lo más probable es que nosotros hagamos lo mismo. Esa repetición o copia de gestos y actitudes la que ha ayudado al ser humano a comunicarse y generar afinidad con los demás. Las investigaciones de Rizzolatti nos han permitido saber que cuando vemos a alguien sintiendo emociones limitantes o negativas como el dolor, la pena, activamos cerebralmente zonas que registran esas emociones y esto es la antesala a la empatía.


Existen, según los estudios, tres tipos de empatía:


· La cognitiva: Entender intelectualmente la perspectiva o puntos de vista de la otra persona.

· El distrés personal: Ocurre cuando nos contagiamos de alguna emoción externa. Esta tiene una derivada algo riesgosa llamada “desgate por empatía” que es cuando nos fundimos, cansamos o estresamos por este tipo de empatía.

· Por último, está la Preocupación empática: Es la habilidad de reconocer estados emocionales de otros, generando una conexión para actuar sacando al otro del estado de emoción limitante o para potenciar un estado emocional positivo.

Ser empáticos puede dársenos de una manera natural, pero generalmente es una decisión, que mientras más la practiquemos y hagamos consientes, mejores niveles de este valor alcanzaremos, generando mayores emociones positivas en nosotros mismos y en los demás.


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